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El siglo XIV es el siglo de las calamidades. Un siglo de crisis. De una importante crisis agraria que provoca una terrible hambruna. Y si esto no fuera poco es el siglo de la peste negra y de la guerra, presente en la mayoría de Europa. La inestabilidad social está al orden del día.
La escasez de brazos para trabajar el campo producida por todos estos factores enseguida se hace evidente y obliga a la nobleza a reorganizar sus explotaciones y a “ganarse el pan” mediante otras formas, en ocasiones violentas.
Desde finales del siglo XIII asistimos entonces a una reorganización del modo tradicional por el cual la aristocracia realiza el traspaso de su patrimonio a sus descendientes. Ahora se desea evitar la “huida” de tierras del seno familiar en casamientos y en la división de las heredades entre los vástagos. Es así como va surgiendo el mayorazgo, esto es, primar al primogénito varón con los títulos y heredades en detrimento del resto de la camada. Entonces ¿Qué sucede con las hijas y con los varones segundones?.


Para ellos las posibilidades de crecimiento dentro de la propia casa es imposible. Mientras ellas pasan a depender plenamente de los hombres: primero del padre, luego del primogénito varón y posteriormente del marido. A los segundones sólo les resta procurarse el futuro fuera del ámbito familiar. Vayamos por partes.

Mujer medieval (Fotografía de https://queenofcamelot.com)

Las mujeres son las grandes perjudicadas de este nuevo sistema. La línea paterna va a relegar a la materna a la marginalidad. Desde el estamento eclesiástico se transmite una imagen negativizada de la mujer. Amparan su discurso en que ésta fue creada a partir de la costilla de Adán. Parecen querer dejar clara la sumisión e inferioridad tanto física como intelectual de las féminas. Sus funciones en la vida pasarán entonces a ser tres: La consagración a Dios, el matrimonio y la viudez.
Con la irrupción de la conciencia de linaje y del mayorazgo las hijas dejan de percibir la parte que le corresponde de la herencia. Se recurre con frecuencia a la línea materna solamente para evidenciar la fundación del linaje, cumple el rol de parte prestigiante del linaje masculino. Proporciona a éste la idea de nobleza y su capacidad reproductora permite que el linaje se vaya renovando y perpetuando. Las únicas salidas de las que dispone una mujer se limitan al matrimonio y al convento.
A la muerte del padre recibe una determinada cantidad de dinero en concepto de dote que le permita bien casar. Así en el año 1402 Gonzalo Ozores de Ulloa lo plasma bien claro:
A terceyra partizon queyro e otorgo e mando que haja por su herenza e partizon dos meus bes a ditta Ysabel miña filla trinta mil mrs. Para con que case (…) mando que os pague meu fillo ao tempo que ella houber casar (Pallares-Portela, 1995).
Por supuesto se trata de un matrimonio concertado atendiendo siempre a los intereses del linaje y de posibles alianzas. Representa algo prioritario dentro de la política internobiliaria. En muchas ocasiones no resulta descabellado el matrimonio entre familiares, sobretodo entre primos, para evitar así la desmembración del patrimonio. Lo habitual es que prime el enlace y alianza entre vecinos de similar rango social:
Et mando que Iohan Faian pela menagen que me ten feita que minna neta Ynes Perez que a de e entrerge a meu fillo Martín Afonsi e quea tena ata que seia de idade que case con Pero Fernandez fillo de Fernán Perez de Torrichano e de Maria Fernandez de Meyra (Pallares, 1993).
Como comentábamos con anterioridad otra de las salidas es el ingreso en una orden religiosa. Cuando no se dispone de una dote lo suficientemente jugosa o por el contrario no encuentran un marido satisfactorio para los intereses familiares el ingreso en un convento se muestra como la solución adecuada. Aunque esta solución supone un problema para la vida conventual porque se ven en la obligación de admitir a mujeres carentes de vocación y acostumbradas a una vida cómoda, alejada de las tareas inherentes a la vida conventual.

Convento de Santa Clara de Pontevedra (Fotogarfia de https://commons.wikimedia.org)

Muchas mujeres son conscientes de las limitaciones que la vida les brinda en caso del fallecimiento del varón,  por lo no resulta extraño que patrocinen la fundación de conventos, o que para su sostenimiento hagan uso de sus heredades. Sirva como ejemplo la fundación del convento compostelano de Santa María de Belvís en 1305 patrocinado por Teresa González,  la cual cede sus tierras de Carnota (A Coruña) para la remuneración de la obra.
No obstante siempre existen excepciones que confirman la regla. En 1290 Vasco de Ulloa,  sin hijos varones,  decide legar sus heredades a Teresa Sánchez de Ulloa. Apoya su decisión en las dificultades que una mujer encuentra en la vida y que le van a empujar a vigilar con mayor celo el patrimonio y a no deshonrar el apellido.
Los otros grandes perjudicados con la instauración del mayorazgo son los varones segundones. De todos modos las opciones que se les presentan son mejores que las de sus hermanas. Las tres salidas fundamentales de las que disponen son: La carrera eclesiástica, ponerse al servicio de otro noble (o de su hermano mayor) o lanzarse a la aventura en muchos casos ingresando en una orden militar.
La carrera eclesiástica los coloca en los puestos de mayor renombre y por tanto con mayores cotas de poder: Arzobispos, obispos, abades,… De este modo, en el caso gallego, los Soutomaior se alzan como los grandes prelados de Galicia. Por ejemplo Paio Pérez alcanza la sede compostelana o Álvaro Paez es investido como obispo de Mondoñedo (Lugo). Para aquellas familias de segunda línea restan los cargos de menor importancia como el de canónigo.
Otra de las opciones barajadas es la de servir a otro noble como merino de alguna de sus fortalezas y administrando los pagos de dicha fortaleza. Intentan mantener su status privilegiado y continuar viviendo como un caballero.

Órdenes Militares Cristianas (Fotografía en https://www.medievalfactory.com)

En lo que respecta a las Órdenes Militares carecen de prestigio para reclamar la atención de la alta nobleza. Su ingreso queda relegado a la nobleza de menor enjundia. La sed de aventuras y la proyección hacia el resto de la península es el perfecto aliciente para atraer a hidalgos desesperados que ven su futuro muy negro. Más adelante, con el triunfo de los ideales caballerescos la alta nobleza comenzará poner los ojos en ellas y se considerará prestigioso para la familia que alguno de los suyos pertenezca a una Orden.
En muchas ocasiones se van a abrir rencillas entre los hermanos con motivo de la primogenitura. Las tensiones pueden terminar en enfrentamiento o en el asesinato de uno de los pretendientes. Tampoco resulta extraño que estas tensiones se proyecten al exterior dando esa imagen violenta y conflictiva que acompaña a la nobleza bajomedieval . Sus pugnas intestinas no hacen más que arruinar la tierra y arruinarse a si mismos.

Fuentes

  • Aponte, Vasco de, Recuento de las Casas Antiguas del Reino de Galicia, Int y Edi. Crítica con notas, Santiago de Compostela, 1986.
  • Pallares Mendez, M. Carmen, A Vida das Mulleres na Galicia Medieval 1100-1500, Universidade de Santiago de Compostela, 1993.
  • Pallares Mendez, M. Carmen; Portela Silva, E., Los Mozos Nobles. Grandes Hombres si Fueran Hijos Solos, en Revista D´Historia, Universitat de Valencia, 1995.
  • Paredes Mirás, M. del Pilar, Mentalidade Nobiliaria e Nobreza Galega. Ideal e Realidade na Baixa Idade Media, A Coruña, 2002.

 

Sergio Balchada

 

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