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Una tarde se encontraba Felipe II en el Alcázar de Segovia contemplando los retratos de los diferentes reyes que habían ocupado el trono de las Españas. Le llamó sobremanera la atención el sobrenombre de El Cruel que rezaba al pie del retrato de Pedro I de Castilla. Curioso preguntó el motivo de tal apelativo. Luego de satisfacer su curiosidad decretó oficialmente que a partir de entonces fuese conocido como el Justiciero.


Mucho se ha discutido desde entonces, y ya con anterioridad, acerca de este tema. Es decir, de si don Pedro de Castilla era el Cruel o el Justiciero. El debate abierto a lo largo de los siglos entre defensores y detractores de esta controvertida figura histórica se ve anegado en buena medida por una ingente cantidad de propaganda, que ya en tiempos del mismo don Pedro trató de desprestigiar a su persona y a su reinado.
Para entender el enfrentamiento que enfrentó a los medio hermanos debemos antes indagar en el entramado mental e ideológico de ambos contendientes. Dos concepciones opuestas acerca de como se debe regir el reino y que podríamos denominar como dinámica o “moderna” la del rey don Pedro e inmovilista o conservadora la de don Enrique de Trastamara.

Estatua orante del Pedro I de Castilla

Así mientras Pedro I defiende un sistema centralizado y absoluto, tendente a recortar el poder y los privilegios de la nobleza y por el contrario beneficiar a la incipiente burguesía comercial. El de Trastamara aboga por un sistema basado en la tradicional alianza entre la monarquía y la nobleza sin que se vean socavados sus privilegios. Está dispuesto a restaurar el sistema feudo-nobiliar en toda su extensión.
El rey don Pedro se inspira en la obra de Egidio de Colonna Regimine Principum para tejer sus ideario. En sus páginas aprende que el monarca es la cabeza del reino puesto que es el noble entre los nobles, esto es, primus inter pares. Dada esta superioridad manifiesta del rey se exige que sus vasallos le obedezcan y le rindan pleitesía sin colaboración alguna en la dirección del gobierno. Egidio se cuida mucho en afirmar la unción divina del rey como legítimo dirigente del pueblo y por lo tanto, un modelo perfecto a seguir por todos. El ejercicio del poder sólo puede recaer en su persona y desde este parámetro detentar un poder ilimitado revestido de grandes virtudes que desembocan en una función legisladora sin mácula. Así las leyes gozan de una versatilidad que permite al soberano: doblar la ley hacia una de las partes, y ser más misericordioso de lo que la ley permite, (…) doblar la ley hacia la parte opuesta, y castigar con un rigor que sobrepase el de las mismas leyes. (Casalduero, 1972).
Don Pedro adquiere, según lo expuesto, una autoridad sin precedentes y actúa con suma dureza contra aquellos rebeldes y traidores que caen en sus manos. Corta las alas a los poderes y privilegios de la aristocracia trabajando duramente en articular una fuerte economía en varios factores: Refuerza el sistema tributario, control de los precios y de los salarios e incentivando el desarrollo del comercio exterior.
Las iniciales dificultades con las que se encuentra el de Trastamara para atraer adeptos entre el pueblo, sobretodo entre las ciudades de realengo donde a la burguesía local no le va nada mal con el vigente soberano. Pero el aspirante al trono sabe jugar sus cartas y entra en escena una elaborada propaganda antipetrista. Necesita presentar a su medio hermano como un tirano sanguinario. Y no sólo ante la sociedad castellana si no también en las cortes europeas, incluso en la del papa de Avignon. Para ello don Enrique recurre al Policraticus para intitularlo tirano. Mas un tirano con la osadía de ir en contra de Dios. Pedro I será tildado por sus detractores de enemigo de Cristo, tirano cruel, sanguinario y hereje. Van a ser numerosos los documentos donde aparecen los apelativos citados y que acompañarán al rey hasta nuestros días. De hecho se permite investir su rebelión con el título de cruzada basándose en el principio de que Dios ha querido castigar don Pedro debido a su inmoralidad, puesto que el Todopoderoso es el único capacitado para dicho menester. Sencillamente el conde de Trastamara justifica su rebelión y se guarda las espaldas para futuras rebeliones que puedan expulsarlo del poder.
Resulta obvio que la muerte violenta de Pedro I permite que se imponga la imagen de una persona cruel y vengativa. Por eso debemos tener en cuenta algunas consideraciones:
En primer lugar resulta evidente la alusión a la manida expresión “La Historia la escriben los vencedores”. En segundo lugar, e íntimamente relacionado con el punto anterior, el bando vencedor precisa con urgencia legitimar a un soberano ascendido al trono de un modo tan poco honroso: Un asesinato precedido de un engaño. Al mismo tiempo debe justificarse la muerte violenta del legítimo monarca. La maquinaria propagandística se pone en marcha. En sus justificaciones encontramos entremezclados motivos de tipo legendario-fantásticos con otros basados en posibles realidades. Pero vayamos por partes.
La fuente principal para el estudio y conocimiento del reinado de Pedro I es la Crónica del Rey Don Pedro del Canciller Pedro López de Ayala el cual afirma que es testigo de los hechos relatados y cuando no sucede así, recibe la información de fuentes de primera mano. Su relato no es objetivo. El noble alavés se adscribe al bando que a la postre será el vencedor prácticamente al final de la contienda civil castellana. La imagen que hoy en día tenemos de la figura de don Pedro proviene fundamentalmente de su obra.
Según López de Ayala don Pedro carece de los preceptos morales requeridos para llevar las riendas del reino. como tampoco retiene en su persona la caballerosidad propia de un aristócrata pues el mismo Príncipe Negro, paradigma de los ideales caballerescos, se queja en reiteradas ocasiones del nulo amor profesado por el rey castellano a las virtudes de la Caballería. A lo largo de las páginas de la crónica Ayala nos describe las muertes violentas de diferentes nobles de la corte. Y lo hace de tal forma que hace parecer que las motivaciones de dichas muertes se deben a los caprichos arbitrarios de don Pedro. Muestra a las víctimas desvalidas, desconocedoras de su trágico futuro. Confiados en la benevolencia que se le supone al monarca, olvidados ya sus delitos. Y López de Ayala refuerza con su retórica la sensación de veracidad.

Sepulcro de Pedro López de Ayala y su esposa leonor de Guzmán (Fotografia en http://www.euskonews.com)

Un claro ejemplo es cuando narra la muerte del maestre de Santiago don Fadrique. López de Ayala parece pasar por alto las traiciones anteriores del maestre y como el rey perdona al maestre dichas traiciones. Debemos tener en cuenta que el delito de traición es muy grave en este período donde las relaciones vasalláticas se rigen por un principio de de lealtad y de confianza. En la palabra dada. Y la traición es una falta cuyo única sentencia es la muerte. De hecho Pedro I emplea durante su mandato como base de la justicia las Siete Partidas de Alfonso X. En concreto en Libro Primero del Fuero Real, en el título II De la guarda del Rey e de su Señorío, se recoge explicitamente:
Onde establecemos que todos sean apercebidos de guardar e de cobdiciar la vida e la salut del rey, e de acrescentar en todas cosas su onra e su señorío, e que ninguno non sea osado por fecho, nin por dicho, nin por conseio de ir contra el rey, nin contra su señorío, nin facer alevantamiento nin bollicio contra el nin contra su regno, en su tierra nin fuera de su tierra, nin de pasarse con sus enemigos, nin darles armas nin otra ayuda ninguna por ninguna manera. Et qualquier que ficiere estas cosas o alguna dellas, o ensayare de las facer, muera por ello, e non sea dejado vevir. Et si por ventura el rey fuere de tan grant piadat quel quiera dejar vevir, non lo pueda facer a menos de sacarle los ojos, por que non vea el mal que cobdiçio facer, e que haya siempre amargada vida e penada…(Fuero Real del Rey Alonso el Sabio, 1979).
Se trata de un compendio de leyes elaborado en el siglo XIII mas puesto en práctica por primera vez por Alfonso XI, padre de don Pedro. A Ayala, buen conocedor de las leyes, le interesa obviar con premeditación este “pequeño” detalle para de este modo exponer a un Pedro I arbitrario, cruel y sanguinario. Aunque también es de recibo indicar lo manifestado por algunos autores que consideran a Pedro I una persona desequilibrada con un más que posible problema psicológico que le hace comportarse de modo impulsivo y brutal.
No obstante el monarca debe mostrarse contundente. Debe ser ejemplar. La razón principal estriba en que después de ver violada en reiteradas ocasiones la confianza depositada en sus hermanos que siempre lo despreciaron públicamente y confabularon en su contra, se ve en la obligación de demostrar que es un soberano capaz y no un pusilánime. Una marioneta en manos de la nobleza. Tal vez procura el respeto de los grandes apellidos de Castilla de un modo bastante extremo y violento. Rasgos de una personalidad apasionada e impulsiva demasiado condicionada, a nuestro parecer, por una infancia y una juventud marcada por una salud enfermiza, alejado del padre y de la corte mientras que sus medio hermanos disfrutan de todo lo que se le niega a él.
Sus detractores también le llaman amigo de judíos y de moros. Y es cierto. Su tesorero y colaborador más estrecho Samuel Leví es judío. Y también es cierto que durante su reinado se promulgan una serie de leyes que favorecen a éstos. Una de las razones es que muchos de estos judíos se dedican al comercio tanto terrestre coma marítimo. Los mercaderes dependen por entero de la protección del rey ante el peligro constante de la rapiña de los nobles. No escatiman esfuerzos para asaltar las caravanas que viajan de ciudad en ciudad. Mayormente la burguesía comercial se asienta en las ciudades de realengo y tributan directamente a las arcas reales. Las alcabalas constituyen un buen recurso monetario para el rey porque gravan las compraventas y permutas tanto de pecheros como de los no pecheros.
Para López de Ayala los comerciantes son peligrosos, su modo de ganarse el pan es amoral y el canciller teme que debido a sus recursos económicos puedan llegar a subvertir el orden social. Estas ideas y otras similares las plasma en su obra Rimado de Palacio. Considera que la riqueza delimita y marca con claridad las tradicionales fronteras sociales, distingue a la aristocracia sobre el resto de la comunidad. La burguesía y los judíos al tener acceso a estas riquezas traen consigo un mayor desequilibrio a la sociedad.
Como los judíos constituyen un grupo social cuidado por Pedro I, sobre ellos canalizará Enrique de Trastamara parte importante de sus iras. No hay que olvidar tampoco que al monarca lo apodan sus enemigos Pero Gil y a sus partidarios los Emperejilados. Enrique y sus partidarios hacen correr la voz por el reino de que don Pedro es en realidad fruto de los amores de su madre María de Portugal con Juan Alfonso de Alburquerque de origen portugués. Según se desprende el apellido Gil era muy común entre los hebreos portugueses y de ahí el sobrenombre del soberano. Otra teoría afirma que al poco de nacer el verdadero hijo de los reyes fue cambiado por el hijo de un judío llamado Pero Gil.

Enrique de Trastamara (Fotografía en http://amantesdelahistoria-aliado.blogspot.com)

El conde de Trastamara atacará pues una de las fuentes de riqueza del reino: Las juderías. Permite e instiga progroms y saqueos a los bienes de los hebreos. Además utiliza en la corte papal de Avignon este acercamiento del rey a los judíos y no solamente a ellos si no que también a los musulmanes. La amistad que une a don Pedro con Muhammad V sultán nazarí de Granada. Del citado sultán recibe jugosas parias e incluso el castellano lo ha devuelto al trono en 1361 cuando disensiones internas han desplazado del mismo a Muhammad en favor primero de Ismail II y el conocido como rey Bermejo después. La amistad y la paz entre ambos reinos será la tónica general a partir de entonces. Para López de Ayala será la codicia de de poseer las fabulosas joyas del rey Bermejo la verdadera razón de la intervención del castellano.
La corte papal enseguida lo excomulga siguiendo los consejos del conde don Enrique que goza de una especial consideración dentro de la corte exiliada del pontífice. Los cargos son los de hereje, enemigo de Cristo e inmoral. Pesa para esta última acusación el abandono de su legítima esposa Blanca de Borbón en favor de su amante María de Padilla. De hecho, dicho abandono es el inicial planteamiento de la rebeldía del de Trastamara. Se persigue en un principio que el rey regrese al lado de su esposa. Tal vez Enrique olvida premeditadamente el rumor que corre de boca en boca; su hermano don Fadrique, que había escoltado a la francesa en su viaje por Castilla, todavía dispone de tiempo de yacer con su futura reina. Así lo recoge un romance popular:
Entre las gentes se suena/ y no por cosa sabida/ que de ese buen maestre,/ don Fadrique de Castilla/ la Reina estaba preñada;/ otros dicen que parida;/ no se sabe por de cierto,/mas el vulgo lo decía (Barrios, 2001).
El conde no se detiene en la corte de Avignon. Envía emisarios a Eduardo de Woodstock, el Príncipe Negro, aliado circunstancial de su medio hermano. Las acusaciones son las que vienen siendo habituales. Pedro I no permanece quieto y envía a su vez un embajador a la corte inglesa:
Direis de que manera don Enrique ha metido bollicio e mal asaz en la nuestra tierra, cuidando lanzarnos de los reynos de Castilla e León, que nos por buen derecho heredamos, e no por tiranía como él dice (…). E direis que me llama cruel e tirano por aver castigado a los que non querían obedescerme, e facían grandes desaguisados a los nuestros naturales; e diréis, como de palabra os avemos dicho, las culpas de cada uno de aquellos a quien avemos castigado (López de Ayala, 1991).
Porque se llega a acusar al rey del asesinato de Leonor de Guzman y de Blanca de Borbón cuando no está nada clara su participación del modo que fuese en sus muertes. La de Guzman, amante de su padre, muy probablemente cayó a causa del despecho de la esposa humillada: María de Portugal. La de Borbón según escribe Ayala murió envenenada por orden del rey. No obstante resulta lícito pensar que la muerte de la reina consorte beneficia más al conde de Trastamara. Es mas, su muerte podría abrir un serio conflicto con los franceses.
No olvidemos que el punto de partida de la rebelión fue el abandono de la reina consorte por parte del rey. Esta muerte se convierte en un símbolo de la crueldad del monarca, sobretodo cuando sucede bajo orden directa del mismo puesto que refuerza su imagen de inmoralidad y brutalidad.
Inmoralidad porque corre a brazos de su amada María de Padilla. No será la última vez. Si algo es cierto en todo esto es la tremenda lascivia y promiscuidad del rey que le va a deparar grandes quebraderos de cabeza. María de Padilla, Juana de Castro, las hermanas Coronel, Teresa de Ayala,…Una extensa lista de mujeres pasan por su alcoba y justifica con creces que se afirme que vive inmerso en el pecado de la carne. En este sentido sus enemigos no andan desencaminados.
No podemos concluir sin antes hacer referencia a la consideración que sobre la figura de don Pedro tiene el pueblo llano. Diametralmente opuesta a los nobles vencedores. Realmente resulta paradójico que un soberano de comportamientos extremos y violentos fuese tan querido por sus vasallos. En la memoria popular aparece descrito como un rey justiciero que administra precisamente la justicia con equidad y que además cuida del pueblo.

Calle en la antigua judería de Toledo (https://saltaconmigo.com)

Pedro I continúa la política iniciada por su padre Alfonso XI donde la centralización del poder real acompañada de la acotación del poder de los privilegiados se erigen como sus principales premisas. Es en ocasiones un rey que actúa con extrema crueldad, que entiende las leyes aplicando su vertiente más dura y represiva. Pero igualmente es un acérrimo defensor del orden y de la justicia. Quizás impera en su cabeza la idea de que el fin justifica los medios. Enrique y sus seguidores supieron jugar su baza con inteligencia y aprovecharon las debilidades morales y los desmanes justicieros del monarca para elaborar y lanzar a los caminos sus consignas propagandísticas que a la postre resultaron ser muy eficaces. Encontraron a la persona adecuada para llevar a cabo este trabajo en Pedro López de Ayala. El canciller cuya pluma tal vez rencorosa tras los escarceos amorosos de su hermana Teresa con el rey. Quizás fue un oportunista que se mantuvo al lado de su señor hasta que vio como su estrella declinaba y decidió pasarse al bando contrario.
Además de la muerte física del rey es necesaria una muerte moral. Incluso con invenciones de fantásticas leyendas admonitorias que desde los Cielos advierten a don Pedro a cejar en su devaneo tiránico. Historias en las que se sugiere su posible origen judío, pero que muy pronto quedan relegadas al olvido cuando Juan II de Trastamara contrae matrimonio con Catalina de Lancaster, nieta del rey cruel. Al soberano castellano no le debe parecer buena idea ver mezclado su linaje con la sangre de los asesinos de Cristo. En un acto de buena voluntad traslada en 1444 los restos mortales de su ilustre antepasado al convento de Santo Domingo el Real de Madrid.
La Historia la escriben los hombres y se institucionaliza desde el poder.

Fuentes

  • Barrios, Manuel Pedro I el Cruel, el Monarca contra su Nobleza, Madrid, 2001.
  • Fuero Real del Rey Don Alonso el Sabio, Edi. Facs., Valladolid, 1979.
  • Gimeno Casalduero, J. La Imagen del Monarca en la Castilla del Siglo XIV, Madrid, 1972.
  • López de Ayala, Pero Crónicas, Barcelona, 1991.
  • Sánchez , Ángel, La Imagen del Rey Don Pedro en la Literatura del Renacimiento y del Barroco, Guadalajara, 1994.
  • Sanz, N. y Ruiz de la Peña, Don Pedro I de Castilla Llamado el Cruel, Madrid, 1943.
  • Valdeón Baruque, J., Los Conflictos Sociales en el Reino de Castilla en los Siglos XIV y XV, Madrid, 1986.
  • Valdeón Baruque, J., Los Trastamara, el Triunfo de una Dinastía Bastarda, Madrid, 2001.

 

Sergio Balchada

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