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Las políticas laicistas desarrolladas por el gobierno republicano y los ataques de corte anticlerical a edificios religiosos a lo largo del estado español, condicionaron sin duda el posicionamiento de la jerarquía eclesiástica durante la guerra civil. Desde sus primeros compases el apoyo incondicional a los sublevados fue un hecho.
Enseguida se pusieron manos a la obra para barnizar de legitimidad moral las razones esgrimidas por los responsables del golpe de estado. Sirva como ejemplo la consideración de la guerra como una cruzada salvadora de la patria de las garras del ateísmo y del separatismo. Ahondó, si cabe aún más, el compromiso de la Iglesia con los golpistas.


Desde el púlpito se lanzaron soflamas y consignas conducentes a justificar en muchos casos los hechos luctuosos que cada noche acompañaban de detonaciones y gritos de dolor el sueño de pueblos y aldeas. El enemigo es la fiera atea, carente de moralidad que no merece hollar el mismo suelo.

El arzobispo de Santiago, monseñor Muñiz de Pablos. El arzobispo de Santiago, monseñor Muñiz de Pablos. (Fotografia en http://www.fuenterrebollo.com)

Es, no obstante, en la maquinaria represiva donde los religiosos adquieren un protagonismo macabro. Primeramente como delatores de su “rebaño”, confeccionando las listas de desafectos existentes en su parroquia que luego se encargaran de depurar las escuadras de la muerte. Los párrocos tienen también la potestad de extender los avales necesarios a aquellos sospechosos de ideas contrarias al Nuevo Estado y evitar,  por consiguiente,  que el peso de la justicia militar caiga sobre ellos. Los párrocos se erigen en una especie de guardianes que velan, en su pequeño coto, de las buenas costumbres. Unos guardianes que en muchas ocasiones, llevados por la euforia del momento, no dudan en actuar como jueces y ejecutores integrando las partidas de pistoleros que campan a sus anchas amparados por la noche.
Queremos traer al respecto el caso de Galicia para mostrar una serie de ejemplos de sacerdotes de exacerbado celo purificador. Y no es baladí el caso de Galicia. Una región subyugada bajo el terror de las botas de los golpistas desde el inicio de la sublevación y que conoció desde dichas fechas una ola de terror sin precedentes. Allí no hubo frentes de guerra ni tampoco hubo tiempo para que la represión republicana pudiese ser un motivo para ello. La eliminación física del contrario por su ideas políticas o simplemente para dirimir rencillas pasadas de índole personal abrió la veda de la caza hombre.
En el municipio de Cambre (A Coruña) participan activamente en la repersión los curas de varias parroquias destacando entre otros el de la parroquia de Almeiras, Juan Santos Ageitos, cuyas ideas de extrema derecha son de sobra conocidas por sus feligreses. O el párroco de Vilasobroso (Mondariz, Pontevedra) que paseaba por las noches armado con una escopeta por toda la comarca. O como el padre Petronilo Nieto Gómez que para sorpresa de su rebaño colaboraba con las escuadras del amanecer e incluso decía misa con pistolón al cinto. Jesús Espinosa que ejercía el sacerdocio en Panxón (Nigrán, Pontevedra) del que testimonios orales aseguran era el jefe de una partida dde falangistas que paseaban a los izquierdistas de la zona y que además por el día realiza prácticas de tiro en un monte cercano a la población. Otros simplemente se contentaban con el papel de delatores elaborando las listas negras que más tarde conducirían a los grupos exterminadores alos objetivos a eliminar. Este es el caso del capellán de Coiro (Cangas do Morrazo, Pontevedra) afiliado a Falange, Amador Pacheco. También hubo quien aprovecho cada misa dominical para pedir limosnas dejando care que quien no contribuyese podría recibir una visita nocturna poco recomendable.

Camisas azules de Cangas do Morrazo (Fotografía en Nomes e Voces)

El párroco de Cea (Vilagarcía de Arousa, Pontevedra) José Gago, según testimonios orales, vinculado a paseos y torturas a izquierdistas de la zona se presenta voluntario posteriormente a la Legión Gallega, fuerzas que acuden a Gipuzkoa combatiendo en los asaltos al fuerte de Santa Bárbara (Hernani) y en la batalla de Irún (27/08/1936 – 05/09/1936) en los asaltos al monte San Marcial. Su actuación en el monte Santa Bárbara le vale las felicitaciones de sus superiores. Además en la edición del 05/10/36 del periódico Galicia Nueva se dice de este cura:
Trae el Sr. Gago como trofeo, y del cual dice no se separará jamás, el bastón que llevaba el alcalde socialista de Urrieta, primer pueblo en el que entró la legión gallega.
De todos modos no toda la curia se comportó en estos terribles términos. Los hubo que se enfrentaron abiertamente a las escuadras de la muerte para evitar que se pasease a siquiera uno de sus feligreses independientemente de las ideas que profesasen. Otros alzaron quejas a las más altas instancias eclesiásticas y muchos sacerdotes aprovecharon su posición preeminente en la nueva sociedad para ocultar y ayudar a huidos cuyo final ya estaba escrito en las famosas listas negras.

Fuentes

  • Amoedo López, Gonzalo y Gil Moure, Roberto. Episodios de terror durante a Guerra Civil na provincia de Pontevedra. A illa de San Simón. Edicións Xerais,Vigo, 2006.
  • Mariño, Henrique. Los verdugios del franquismo en Galicia. El Kilómetro cero de la represión franquista. Público 14/09/2017.
  • Pererira González, Dionisio (Coords.). Os nomes do terror. Galiza 1936: Os verdugos que nunca existiron. Edicións Sermos Galiza, Santiago de Compostela, 2017.
  • Velasco Souto, Carlos F. 1936. Represión e Alzamento Militar en Galiza. Edicións a Nosa Terra, Vigo, 2006.

 

Sergio Balchada

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