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La primavera de 1476 trae consigo una vez más vientos de guerra sobre la villa de Pontevedra. Castilla y Portugal envueltos en la guerra de sucesión, esto es, entre los partidarios de sentar en el trono castellano a Isabel de Castilla y aquellos que apoyan a Juana de Castilla apodada la Beltraneja. Afonso V de Portugal secunda la opción de la vástaga del difunto Enrique IV. De hecho en 1475 contrae nupcias con ella en Plasencia (Cáceres), una vez ha entrado en Castilla con un poderoso ejército para hacer valer sus nuevos derechos sobre el trono de dicho reino.
En Galicia se erige en principal adalid de la causa portuguesa Pedro Álvarez de Soutomaior, conde de Caminha, conocido como Pero Madruga. Llega el momento de devolver a su protector, Afonso V, los favores y el amparo de los que disfrutó cuando se vio obligado a huir a uña de caballo a Portugal.


De este modo llegada la primavera de 1476 Pedro Álvarez se halla tras los muros de Pontevedra al mando de una fuerza de setenta o ochenta lanças y dos mil peones (Aponte, 1986). El conde y sus hombres sabedores de que un ejército comandado por el arzobispo de Santiago Alonso II de Fonseca se aproxima, no permanecen de brazos cruzados y refuerzan donde es menester las defensas de la ciudad.

Murallas de Pontevedra en 1895 en la calle actual de Cobián Rofignac(Fuente, Faro de Vigo)

Junto al arzobispo cabalgan entre otros Sancho Sánchez de Ulloa, conde de Monterrey. También lo hacen, aunque de mala gana, Diego de Andrade, Sueiro Gómez de Soutomaior y Lope Sánchez de Moscoso, conde de Altamira. Su amistad con el de Caminha y el hecho de haber sangrado juntos en muchas batallas y escaramuzas, no invitan a sus aliados circunstanciales a fiarse un ápice de su fervor por la causa. Por ello ambos señores, Andrade y Moscoso, no se separan el uno del otro.
Las huestes del arzobispo ponen cerco a Pontevedra. Cada día deben hacer frente a las cabalgadas que con Pedro Madruga a la cabeza hostigan a los atacantes, excepto, claro está a las mesnadas de sus amistades. Las órdenes de Madruga son claras sobre este punto: nada de disparar o atacar a las huestes feudales de sus viejos conocidos.
La situación no se modifica ni un ápice. Los sitiadores comienzan a ponerse nerviosos. Llegado el verano reciben refuerzos por vía marítima de 30 naves y 2000 efectivos (Vila, 2010). Comanda la flota el vizcaíno Ladrón de Guevara acompañado del Corregidor Mayor de Galicia Arias del Río. A pesar de la presencia de tan abultados refuerzos el conde de Caminha no se amilana y persiste tozudamente su resistencia tras los muros de Pontevedra.
Ante el impedimento de acabar de una vez por todas con el asedio el conde de Monterrey y el arzobispo urden una çelada para capturar al de Soutomaior. Así, un criado del Sancho de Ulloa llamado Fernando Calvacho ataviado como un religioso acude al pie de los muros de la ciudad con una carta para el conde. No es extraño que ambas partes coincidan fuera de la ciudad para parlamentar. El plan consiste en que una vez Pedro Álvarez se detenga a leer la misiva Calvacho aproveche la distracción para arremeter contra él y cortar las piernas de su caballo.
Efectivamente el de Soutomaior abandona el amparo de los muros para acudir a la cita. A medida que se acerca a su interlocutor algo en su aspecto no acaba de convencerlo. Sospecha. Quizás se trata de sus ropajes, no parecen concordar con el posible físico del supuesto hombre de Dios. Un físico que es más bien el de un hombre de armas. Madruga no se fía. Es un zorro astuto y conoce de buena tinta las tretas de las que son capaces sus enemigos. Por lo que decide guardar las distancias allá pon tu carta; no me la traigas acá (Aponte, 1986).

Asedio Medieval (Fuente: http://tierraamarga.blogspot.com.es)

A Calvacho no le queda más remedio que obedecerle. La çelada es desbaratada con un simplicidad pasmosa. El asedio continúa su curso sin que varíe el status quo. Ahora los confabuladores fijan su atención en Diego de Andrade, Lope de Moscoso y Sueiro Gómez de Soutomaior. El escaso celo que ponen en la empresa es harto evidente. Consideran que su comportamiento es el causante del desastre de la campaña. Son unos traidores a la causa isabelina.
Acuden esta vez a Ladrón de Guevara y le proponen invite a los tres caballeros a una comida en su navío, y una vez dentro sea prendidos. Dicho y hecho. El vizcaíno se apresura en engalanar su nave con todo tipo de ostentosas ornamentaciones. Hace llamar a un escogido grupo de hombres de armas y los dispone en la nave como si de remeros se tratase.
Confiados los nobles acuden gustosos a la pitanza. Llegados cerca del navío el lugarteniente de Lope de Moscoso advierte que la situación es harto extraña.
Y quando quisieron embarcar llegó García Martiz de Barbeyra y miró, y vido las sillas cubiertas de seda y las almoadas lo mismo; y los remadores, todos gentiles hombres y muy ataviados, no tenían semellas de remadores. Díjoles Garçía Martiz entonces: “Y vosotros, ¿para dónde is? Gardá ahora que no den convosco en Vizcaya, y si vos entregan al rey grandes contas haveis de dar” (Aponte, 1986).
Los nobles hacen caso de García Martiz, es perro viejo, cauteloso,… Deciden entonces declinar la invitación y refugiarse en el real entre sus hombres. Una vez más la çelada del arzobispo y del conde de Monterrey se ve desbaratada.
El cerco sobre Pontevedra se ve aderezado ahora por la desconfianza entre sus responsables. Carece ya de un futuro sólido. El arzobispo se ve en la tesitura de levantarlo para golpear en otro lugar el poder de Soutomaior. Este contempla desde lo alto de las murallas de la ciudad del Lérez el espectáculo de su victoria. Mas esta    retirada será tan sólo temporal.

Fuentes

  • Aponte, Vasco de. Recuento de las Casas Antiguas del Reino de Galicia. Santiago de Compostela, 1986.
  • García Oro, José. Galicia na Baixa Idade Media. Igrexa, Señorío e Nobreza. Noia, 1999.
  • Lojo Piñeiro, Fernando. A Violencia na Galicia do Século XV. Santiago de Compostela, 1991.

Vila, Suso. A Casa de Soutomaior (1147-1532). Noia, 2010.

 

Sergio Balchada

 

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