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Alfonso Raimundez cuenta con siete años cuando es coronado rey de Galicia en la catedral de Santiago de Compostela con todo el boato que estas ocasiones reclaman. Honrado por el prelado de la iglesia Xacobea, el obispo Diego Gelmirez, que junto al ayo del joven rey Pedro Froilaz son los mayores valedores del jovencísimo príncipe. Ni mas ni menos que el prelado compostelano y el conde de Traba, el noble más poderoso de Galicia. Posiblemente los citados señores tienen depositados intereses de índole más personal y privado en todo este evento.
La ceremonia tiene lugar el 17 de septiembre de 1111 y según se refleja en la Historia Compostelana bajo el consentimiento de la reina doña Urraca I de Castilla y León. Aunque no todos, en los reinos hispanos, están de acuerdo con la entronización de Alfonso Raimundez. Y para muestra la actitud airada, o más bien belicosa, de su padrastro Alfonso I de Aragón “El Batallador”. Pero ésta es otra historia que nos aleja de lo que realmente queremos relatar hoy.

Diego Gelmirez (Fotografía en http://foros.xenealoxia.org)

Pasados cuatro años de la celebración del citado ceremonial doña Urraca I parece no albergar el mismo parecer que por aquel entonces. De nuevo el de Traba y el obispo son los protagonistas de la jugada. Lo que en un principio se había pactado con doña Urraca como una suerte de monarca dependiente de la corona de Castilla y León, un rey gobernando Galicia junto a su madre en igualdad de condiciones pero sin que prevalezca su juicio, quieren darle una vuelta de tuerca.
Más ahora los valedores del rey gallego pretenden dar un paso más y solicitan para el joven Raimundez el legítimo derecho de reinar sólo sobre el reino de Galicia. Prueba de ello es la carta que Gelmirez recibe por parte de Alfonso Raimundez en la cual hace hincapié en la legitimidad de sus razones y derechos sobre el reino:
Reverendísimo padre y señor, en modo alguno creo que se oculte a tu santidad que al muerte de mi padre, el conde Raimundo, el muy noble rey Alfonso, mi abuelo, siendo todavía yo niño, convocó en León a los próceres de toda Galicia y ordenó que éstos me rindieran homenaje y prestaran juramento, y tras recibir el juramento de cada uno de aquéllos, me dio el señorío de toda Galicia. Además, el rey don Alfonso, mi abuelo, puso esta condición, que si la reina, mi madre, se contentara con permanecer en el estado de viudedad, todo el reino de Galicia, en vuestras manos y en las de mi tío el arzobispo de Vienne, quedaría sometido a su dominio; pero si firmara contrato matrimonial, regresaría a mí el reino de Galicia. Esto mi propia madre y todos los próceres de Galicia lo sancionaron con juramento; y me alegro de que tú también, santísimo padre, hubieras intervenido.
Hasta los ciegos y los barberos saben que mi madre se ha regocijado con el tálamo nupcial. Así pues, ahora con razón pido los derechos de mi reino. Si por casualidad alguno de los próceres de Galicia se empeña en quitármelo, sin duda incurrirá en delito de perjurio y Dios, juez justo y poderoso, juzgará entre ella y yo. Pero tú, a quien yo abrazo y venero sobre todos los hombres de este mundo, como a mi señor, protector mío, que me regeneraste en la fuente del bautismo y no mucho tiempo después me ungiste en la iglesia de Santiago como rey, en quien está echada el ancla de mi confianza, dígnate prestarme ayuda para conseguir mi reino (Falque, 1995).

Se apunta que la carta es realmente idea y obra del conde de Traba. También hay que poner de relieve la ambición del obispo compostelano que juega aquí una importante baza. Su deseo de transformar su obispado en arzobispado y ser él mismo el primero de los arzobispos. Una aspiración de la que la reina es buena conocedora.
Sin perder tiempo el conde de Traba emprende junto al rey camino a Galicia pues ambos se encuentran en Toledo, adonde han acudido reclamados por la reina doña Urraca para prestar servicios de índole militar. Y siguiendo el relato de la Historia Compostelana, el joven rey es recibido entre grandes vítores y alabanzas por los compostelanos.
La reina es advertida de lo que está sucediendo en Galicia mediante un mensajero enviado por un consejo de honrados ciudadanos compostelanos. Hartos quizás de la orientación tiránica y abusiva del gobierno local a cuya cabeza está Diego Gelmirez, del que por otra parte desean prescindir y ganar mayores cotas de autonomía. Obviamente para la reina no es plato de buen gusto que su hijo y aliados se vean encumbrados en tan alto escalafón. Sin mayores dilaciones manda reunir un ejército y poniéndose ella a su cabeza cabalgan hasta la ciudad apostólica. Sus pretensiones pasan por desfacer el entuerto, que su hijo se avenga a razones y entre nuevamente en el redil. Paso fundamental para conseguirlo es separar a Alfonso Raimundez de la órbita de influencia de sus dos valedores. Doña Urraca se planta con su ejército delante de las mismas murallas de la ciudad.

Doña Urraca I de Castilla y León (Fotografía en http://www.galeon.com )

Gelmirez se hace fuerte en las torres y en la catedral acosado tanto por el ejército invasor como por los propios vecinos de la ciudad, sus vasallos.
Enseguida ambas partes se avienen a parlamentar y a tratar de encontrar un punto de encuentro que evite el desastre y el consiguiente derramamiento de sangre. Hay muchas asperezas que limar, deshonras que restablecer y posesiones por devolver o compensar de alguna manera aquellas que han resultado dañadas fruto de largos años de desavenencias entre el obispo y la reina. Las conversaciones prosperan y se llega a un acuerdo de paz. Las élites compostelanas ven una vez más frustradas sus pretensiones de apartar del poder al obispo a la par que se ven defraudados por el proceder de doña Urraca. Este escollo no va a suponer que bajen los brazos, si no todo lo contrario, van a esperar la oportunidad propicia. Ya se sabe, la venganza es un plato que se sirve frío.
Y la tan codiciada ocasión llegó dos años más tarde en 1117. Uno de los asuntos pendientes que resta solucionar es la reconciliación entre madre e hijo, entre Urraca y Alfonso. Se organiza una reunión en Sahagún a la que acude Gelmirez en nombre del rey de Galicia donde finalmente se da carpetazo al asunto con la firma de la paz entre ambas partes para los próximos tres años. Será a orillas del río Tambre donde el obispo detalle pormenorizadamente al joven rey los detalles de la alianza: La cesión a Alfonso de Galicia con la consiguiente independencia del reino, así como también la cesión de la ciudad y el alfoz de Toledo (Falque, 1995).
A finales de primavera doña Urraca acude una vez más a Compostela para ratificar los acuerdos alcanzados. Por su parte los rebeldes compostelanos no ven con buenos ojos las últimas treguas y amistades de la reina. Consideran que la nueva situación va a permitir perpetuar en el poder a Diego Gelmirez y va a cortar de raíz sus aspiraciones. Deben entrar en acción y hacer valer su posición con el uso de la fuerza si es necesario.
Como decíamos, la reina llega a Galicia y enterada de la hostilidad de los vecinos de la villa entra en la ciudad xacobea con gente armada y acompañada del obispo y del conde de Traba. La reina a través de sus legados insta a los caudillos rebeldes a desistir en su actitud y a deponer las armas. No hacen caso y en un abrir y cerrar de ojos atacan a la reina y a sus acompañantes. Ésta y el obispo se hallan en el palacio anexo a la iglesia del Apóstol y con horror observan como una turba armada tratan de acceder al mismo de forma violenta. En las calles los soldados castellanos son sorprendidos por los rebeldes y muchos dejan la vida allí mismo; otros tratan de ganar la iglesia donde a paso vivo la reina y el obispo han acudido a buscar auxilio.
Los vecinos de la ciudad acceden al fin al palacio obispal. Saquean y destrozan las diferentes estancias a su paso. Viendo que la iglesia apostólica tampoco ofrece garantías para ofrecer una resistencia eficaz, deciden trasladarse a la torre de las Campanas y atrincherarse allí en espera de recibir refuerzos o quizás parlamentar con los revoltosos. Enseguida se percatan de que los rebeldes no tienen intención de cejar en su empeño. De hecho después de algún intento de ingresar en la torre que se muestra infructuoso, deciden introducir por las ventanas paños y madera ardiendo. Si no mueren asfixiados se verán en la tesitura de salir a la calle donde están esperándoles gentes muy mal encaradas.
Los atrincherados en la torre discuten cual es la opción mejor para salvar las vidas, el tiempo corre en su contra puesto que las llamas prometen devorarlos y los ánimos en el exterior, si cabe, se están exaltando todavía más. Doña Urraca es partidaria de salir, considera que ante la figura del obispo, su señor natural, los rebeldes no se atreverán a agredirles y respetarán sus vidas. Gelmirez no lo ve nada claro. Cree que la reina debe abrir la comitiva como monarca que es, sus súbditos no se atreverán a ponerle la mano encima.

Hipótesis de Compostela en el S. XII (Fotografía en https://evpitawriting.wordpress.com)

Doña Urraca se deja pues convencer por esta argumentación y decide poner los pies fuera de la torre. A buen seguro el estupor de los congregados alrededor de la mole de piedra les obliga a quedarse clavados, sin saber muy bien como reaccionar. O tal vez aguardando a que el más osado dé el primer paso. La reina camina con paso firme hacia la muchedumbre y entonces se desata el delirio:
…se abalanzaron sobre ella, la cogieron y la echaron en tierra en un lodazal, la raptaron como lobos y desgarraron sus vestidos; con el cuerpo desnudo desde el pecho hasta abajo y delante de todos quedó en tierra durante mucho tiempo vergonzosamente. También muchos quisieron lapidarla y entre ellos una vieja compostelana la hirió gravemente con una piedra en la mejilla (Falque, 1995).

Golpeada, arrastrada, vejada y humillada la reina. Ultrajada por el populacho sediento de venganza y harto de los excesos del obispo y de sus poderosos aliados. El obispo que observa los hechos desde la seguridad de la torre, se cubre con la capa de un pordiosero y acompañado de un canónigo llamado Miguel González trata de escabullirse sin ser visto. Ataviado de esta guisa consigue atravesar la multitud que todavía se ensaña con la reina y huye a refugiarse a la iglesia de Santa María.

Doña Urraca con los cabellos desgreñados, el cuerpo desnudo y cubierta de fango, escapa y llega a la misma iglesia en la que se escondía el obispo pero sin saber nada de él (Falque, 1995).

Aunque finalmente ambos llegan a saber que se encuentran ocultos en el mismo edificio.
Hasta la iglesia de Santa María se allegan los compostelanos (entendemos que los cabecillas de la revuelta) e informan a la reina sus intenciones de escoltarla y protegerla en el interior de la iglesia apostólica. Según parece el apaleamiento de la monarca es más producto de elementos incontrolados que a un hecho planificado, puesto que realmente el ultraje sufrido por doña Urraca va en contra de sus aspiraciones. La reina hace oídos sordos de las suplicas de los allí congregados y se traslada a la iglesia de San Martín, mientras que por su parte el obispo pone tierra de por medio huyendo por tejados, e incluso por el interior de las casas rompiendo tabiques y pasando así por diferentes viviendas.
Doña Urraca no olvidará la afrenta del pueblo compostelano, el ultraje y la humillación sufridas pesan más que el arrepentimiento mostrado por los cabecillas de la revuelta. Una vez consiga salir de la ciudad y se reúna con el resto de su ejército regresará para tomarse la revancha. No habrá piedad para nadie. Ya se sabe que la venganza es un plato que se sirve frío.

FUENTES

Sergio Balchada

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