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Después de aquello nunca más volví a comer garbanzos. Lo dice seria aunque en la comisura de los labios asoma una sonrisa. En un principio se muestra reticente a relatarme su historia, no quiere recibirme y explicarme su experiencia durante la guerra civil en Bilbao. Una ciudad que apenas podía atisbar a través de los barrotes del presidio donde la confinaron junto a algunas mujeres más de su familia el recientemente creado Gobierno de Euzkadi. Finalmente accede a recibirme a condición de que su nombre no aparezca reflejado, es por ello que la llamaremos Pepita para referirnos a ella a lo largo del presente texto.


Pepita contaba con 20 años en 1936. Sus padres regentaban un bar-restaurante en Amurrio (Araba) donde ocupaba su tiempo echando una mano en el local junto a su hermana y una muchacha que trabajaba de interna en la casa . También le restaba tiempo para acudir a la iglesia parroquial de Santa María a arreglar el templo y el manto de la imagen de la virgen de la cual es gran devota.
El 18 de julio recibe consternada la noticia de que una parte del ejército se ha sublevado contra el gobierno de La República.
Había esa noche comedias en Amurrio y yo quería ir con la muchacha que teníamos en casa pero mi madre no nos dejó ir. Y no es para menos puesto que el pequeño pueblo se había ido llenando de milicianos de izquierdas foráneos que iban llegando en coches y camiones.
Mi madre tenía miedo a que saliésemos porque en mi casa siempre se votó a las derechas. Nunca votamos al partido nacionalista ni tampoco al partido rojo. Lo dice seria, con un deje de orgullo.

Referéndum sobre el Estatuto de Autonomía del 5 de noviembre de 1933 en Éibar. (Fotografia en https://es.wikipedia.org)

No escondieron sus preferencias ideológicas y en el pueblo eran conocidas sus ideas. No obstante los días pasaban y nadie les molestaba. Cada día el comedor del restaurante se llenaba a mediodía de milicianos:
Se portaron bien los milicianos con nosotros, traían pollos para que se los cocinásemos. Mira como era la cosa que los milicianos cuando les preguntaban adonde iban respondían: A tomar un vino a casa del fascista. Pepita se ríe al recordarlo.
Durante aquellos primeros días escondieron en casa a un chico falangista amigo de la familia al cual estaban buscando gentes de izquierdas para ser detenido, su madre trataba de convencerlo para que abandonase el hogar pues temía que si era descubierto allí se pudieran tomar represalias contra los miembros de la familia. El falangista era reticente a esta medida, se sentía más seguro allí dentro. Su madre insistía con más ahínco si cabe cada jornada que pasaba. Pensaba que si llegaban a enterarse los milicianos que comían en el comedor a diario podría ser la ruina de todos. Tanta insistencia obtuvo el éxito deseado y el muchacho aprovechando la noche huyó de Amurrio. Más tarde supieron que había conseguido alcanzar Vitoria, en manos de los rebeldes, y combatía en las inmediaciones de Madrid. Finalmente la porfía de la señora de la casa fue providencial, a la mañana siguiente se presentaron varios miliciano os preguntando por el susodicho falangista al que obviamente no encontraron allí.

Gudaris vascos se dirigen al frente (Fotografía en http://blogs.deia.com)

Los meses se fueron sucediendo y lo que en un principio parecía un paseo militar para derrocar al régimen republicano se fue transformando en una guerra que tardaría unos años en marcharse de la vida de miles de ciudadanos. Un hecho vino a trastocar la vida de Pepita y de los suyos.
No lo olvidaré nunca. El 15 de octubre nos detuvieron. Era por la mañana y unos milicianos irrumpieron en casa y nos detuvieron a mi, a mi hermana, a mi madre, a la muchacha que nos ayudaba en casa y a una amiga de Miranda de Ebro que estaba pasando las vacaciones en nuestra casa. A mi padre no lo detuvieron en ese momento porque había salido a comprar huevos, pero si lo hicieron más tarde en la calle. Pepita frunce el ceño y se pone seria. Entre los milicianos había un vecino de Amurrio al que conocían perfectamente. No les permitieron coger nada de ropa ni tampoco efectos personales. A pesar de todo su madre consiguió hacerse con su monedero y ocultarlo entre la ropa, la suerte fue que no las registraron.
Nos condujeron a un chalet que hay en Amurrio a los seis y nos encerraron en una habitación del primer piso.
Con el miedo metido en el cuerpo ante la incertidumbre sobre qué les podría suceder, dándose aliento los unos a los otros surgió la voz del miliciano al que conocían, vecino del pueblo: ¡A ese me lo cargo yo!. Los presentes supieron enseguida que los milicianos se referían al padre de familia. Había que actuar rápido. Sin pensárselo dos veces el padre de Pepita se descolgó por la ventana de la habitación donde permanecían retenidos con tan mala fortuna que se rompió un brazo. Corrió por su vida.
Como supieron más tarde llegó hasta las vías del tren y se mantuvo oculto unas horas después de las cuales consiguió alcanzar el caserío donde vivía una amigo suyo que era médico. Al fin curado y descansado tuvo ocasión de llegar hasta Vitoria. En la capital alavesa sería alojado por el resto de la contienda en casa de unos amigos.
Por su parte Pepita y sus compañeras de infortunio pasaron la noche sin apenas pegar ojo en aquel chalet. A la mañana siguiente llegaron en coche dos milicianos de Bilbao con orden de transportar a la capital vizcaína a un matrimonio madrileño detenido en Amurrio. Su sorpresa fue que no era tal matrimonio al que debían subir al vehículo. A su amiga de Miranda y a la criada las pusieron en libertad mientras que a su madre, a su hermana y a ella misma las trasladaron a Bilbao.
En Bilbao las condujeron primeramente a un edificio que Pepita identifica como el banco del reloj, es probable que se refiera al edificio del antiguo Banco del Comercio que más tarde pasó a constituir la sede del Banco de Vizcaya. En dicho lugar pasaron la jornada entera y después fueron trasladadas a una comisaría. Las cachearon y les robaron todo lo que llevaban de valor incluido el monedero de su madre.
Mi madre llevaba junto al monedero una pequeña bandera española y durante el cacheo cayó al suelo. Los dos guardias que estaban con nosotras la recogieron y la arrojaron a una estufa. No dijeron nada. Los guardias eran vitorianos, les habían robado los rojos algunas vacas y estaban mosqueados.
A continuación las encerraron en un sótano junto a a tres chicas francesas que la guerra las había pillado de vacaciones y otras dos señoras de Bilbao. Tan sólo había un jergón en el que dormía su madre teniendo que hacerlo el resto en el suelo.
En una celda de al lado había más o menos unos diez chicos detenidos que nos regalaron una caja de gaseosas cuando se los llevaron para la cárcel. Menudas juergas se corrían en la celda. Allí pasamos alrededor de 8 días. Pasados los cuales les asignaron como nuevo hogar la cárcel de Larrinaga.
Desconoce cuantas mujeres permanecían en la galería que les asignaron entre las cuales había unas mecheras (Carteristas, rateras de pequeños hurtos en tiendas) que más adelante se ganarían sin duda el aprecio incondicional de nuestra protagonista como veremos. En las otras galerías había hombres encerrados: A nosotras nos dejaban salir al patio pero a los hombres no. Los veíamos a través de los barrotes. También los había en el cercano convento de los Ángeles Custodios: En el convento que había al lado de la cárcel había señores mayores, algunos estaban enfermos. De hecho el convento estaba habilitado también como hospital penitenciario.

Cárcel de Larrinaga (Fotografia en http://www.deia.com)

Según va desgranando Pepita el día a sía en Larrinaga era bastante tedioso. Charlaban, jugaban a las cartas y rezaban el rosario. La dieta era más bien escasa y monótona. Para desayunar una taza de leche aguada y al mediodía y a la noche garbanzos. Siempre garbanzos cocidos. Pasaron tanta hambre que incluso llegaron a comer gaviotas.
Los fines de semana se convertían en especiales que aguardaban con avidez, esos días recibían la visita de unos familiares bilbaínos que les llevaban ora una tortilla, ora un puchero de alubias, ora unas patatas. Estas visitas se acabaron después de la fatídica fecha que tampoco ha conseguido olvidar a pesar de los muchos años transcurridos: El 4 de enero de 1937.
Nos encontrábamos rezando el rosario cuando una de nuestras compañeras se asomó a la ventana y empezó a gritar: “¡Qué vienen, qué vienen!”. Había habido un bombardeo en Bilbao y milicianos vecinos de Bilbao asaltaron las cárceles.
Efectivamente un gran número de civiles y milicianos accedieron enfervorizados a los aledaños de la antigua prisión provincial con la intención de vengarse en los reclusos por los bombardeos sufridos:
Sobre las cinco de la tarde la manifestación subía por la cuesta de Zabalbide
procedente de los barrios altos y del casco viejo de Bilbao. Los primeros grupos
de la manifestación, milicianos y civiles de ambos sexos, asaltaban la prisión
provincial de Larrinaga, la primera de su recorrido, al dejarles la entrada libre el
vigilante del rastrillo exterior (Azcona-Lezamiz, 2012).
Pepita habla con horror de los gritos de odio, los gritos de terror y los disparos en las galerías donde se hacinaban los prisioneros de derechas. Una verdadera masacre que ocasionó sólo en Larrinaga el asesinato de 55 personas (Azcona-Lezamiz, 2012).
Una miliciana muy maja que se ocupaba de vigilarnos nos ayudó. Les dijo a las mecheras que se pusieran delante en la puerta y si venían a por ellas que gritaran mucho diciendo que allí no había nadie más. Se portaron muy bien y nos salvaron la vida con su comportamiento. Se asomaban por las ventanas y gritaban esto. Nadie vino a por nosotras.
La orgía de sangre no se detuvo aquí. Los demás edificios habilitados como prisión fueron asaltados y saqueados por las turbas enfurecidas con un saldo total de 224 presos pasados por las armas o golpeados hasta la muerte (Larrinaga: 55; El Carmelo: 7; Ángeles Custodios: 109 y La Casa Galera: 53)
Una aterrorizada Pepita observaba desde su celda como iban matando a los recluidos en el convento de los Ángeles Custodios con el escalofriante balance de 109 asesinados. Una vez rematada la masacre Pepita desvela consternada: Toda la noche sacando cadáveres y pegando tiros (de gracia suponemos).
A partir de esa fecha prohibieron las visitas semanales de familia y amigos por lo que la dieta de las reclusas se tornó más monótona si cabe.
La guerra seguía su curso y las horas dentro de la prisión se antojaban interminables. La ofensiva iniciada por los fascistas el 31/03/1937 fue ya la que definitivamente doblegó la resistencia vasca. Cono los militares desafectos a la República a las puertas de Bilbao pepita recuerda como una noche, cree recordar que la madrugada del día 12 de junio; las sacaron a todas de la cárcel y custodiadas por milicianos las condujeron a pie a las proximidades del monte Artxanda.
Allí estaban las tropas de Franco esperándonos, todas formadas. Sonaban himnos y vimos banderas. Los soldados nos recibieron bien y nos dieron un cacho de pan y un chorizo a cada una… Los milicianos lloraban, lloraban al verlos allí formados.
El infierno había acabado para ellas y habían sobrevivido. A la mañana siguiente subieron a un autobús y las llevaron hasta un pueblo cerca de Donosti donde tomaron un tren que las dejó en dicha ciudad.

Panzer I A junto a larrinaga tras la toma de Bibao (Fotografía en http://blogs.deia.com)

En Donosti las alojaron en casas particulares y comían en los comedores de Auxilio Social. Recuperaron fuerzas unos cuantos días tras los cuales les pagaron billete a Vitoria para reunirse con su padre. Inmensa fue la alegría de verse todos juntos de nuevo.
La dicha de la reunión familiar se cortó cuando regresaron a su casa. La vivienda había sido saqueada: Se llevaron todo y sólo dejaron las camas con sus jergones. Faltaba toda la vajilla, sábanas, mantas, los cacharros y la barra de mármol del bar que luego encontramos en el Reformatorio de Amurrio que había sido cuartel.
Días más tarde un amigo del padre corrió con el aviso de que en mitad de la Gran Vía de Bilbao se había topado con la pianola que tenían en el comedor del restaurante. Pepita no recuerda muy bien como la trajeron de vuelta, pero el hecho es que la trajeron porque me señala la pianola que está en el salón de su casa a su espalda.
Es una pena que nunca supe donde vivían de aquellas chicas que nos ayudaron en Larrinaga porque siempre quise agradecerles lo que hicieron por nosotras. Nos salvaron la vida. En la voz de Pepita hay un deje de resignación ante el deseo incumplido.
Lo que si te puedo asegurar es que después de aquello nunca más volví a comer garbanzos.

Fuentes

  • Entrevista realizada en Amurrio el 28/05/2017 a “Pepita”
  • Azcona, José manuel y Lezamiz, Julen, Los Asaltos a las Cárceles de Bilbao el día 4 de Enero de 1937, Investigaciones Históricas, Valladolid, 2012.

 

Sergio Balchada

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