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Finalizada la Guerra Civil Española, la red de espionaje auspiciada en suelo francés por los agentes franquistas da muestras de su eficacia a la hora de mantener bajo vigilancia a aquellos elementos republicanos . El agente Pedro Urraca Rendueles demostró ser una pieza clave para la organización de dicha red y para que su eficacia reportara la captura de exiliados republicanos, alguno de ellos como ya veremos importante personalidad de la extinta II República.

Vallisoletano de nacimiento Pedro Urraca siempre aborreció la vida en la capital castellana, tediosa desde su punto de vista aunque también pesaba las nefasta relaciones que tenía con su padre. Afortunadamente para él cursó estudios en Donostia donde residían unos familiares y de este modo conseguía pasar largas temporadas fuera del hogar paterno; luego vino el servicio militar tras el cual decidió recorrer mundo embarcado en diferentes navíos.

Cansado ya de una vida de “aventuras” ingresa en el cuerpo de policía con notas excelentes en 1929 donde se incorpora en el Cuerpo de Vigilancia en Madrid con la categoría de agente de tercera clase. A En octubre del año siguiente contrae matrimonio con la ciudadana francesa Elena Cornette mas la delicada salud de la madre de ésta obliga a que vivan separados el en Madrid y ella en Sévres.

Los años trienta van transcurriendo convulsos, son años de lucha obrera e inestabilidad política. Pedro Urraca no ve con buenos ojos a la República, es un régimen que aborrece y aunque nunca habla de política sus simpatías ideológicas se decantan por la Falange. No obstante continúa en su puesto, desencantado y frustrado porque no disfruta del puesto que considera merecen sus habilidades. En esta etapa su curriculum no es precisamente brillante y mata las horas laborales en tediosas guardias nocturnas en comisaría aún a pesar de ello en 1933 es ascendido a agente de segunda clase.

Pedro Urraca Rendueles (Fotografía tomada de ianasagasti.blogs.com)

Pedro Urraca Rendueles (Fotografía tomada de ianasagasti.blogs.com)

Su vida sufre un giro inesperado en julio de 1936. Cuando estalla la guerra civil se encuentra en Madrid donde el Frente Popular ha frustrado la sublevación de los militares y las derechas; en los primeros días el agente Urraca teme por su vida quizás puedan trascender sus ideas y ser paseado por las partidas de milicianos que andan al acecho de derechistas. A medida que se suceden los meses el miedo a que sus simpatías sean descubiertas crece y enseguida comienza a plantearse que tal vez sea mejor para su supervivencia ocultarse en algún edifico con pabellón extranjero. Lo logra en enero de 1937 refugiándose en el Hospital de San Luis de los Franceses donde ondea la bandera de dicho país. De este lugar pasa a ser alojado en la embajada francesa donde pretende gestionar le expidan un pasaporte de esta nacionalidad y así tratar de alcanzar París. La gestiones realizadas fructifican en julio de 1937, toma la determinación de abandonar territorio español a través del puerto de Valencia donde tomará un barco que lo traslade a Marsella.

Abandona Madrid en compañía de otros refugiados en la embajada y ya en Valencia les informan de la captura de un grupo que salió antes que ellos, por tanto la policía republicana conoce la existencia de los falsos pasaportes que guardan como oro en paño. No obstante burlan a los agentes refugiándose una vez más en la embajada gala. Permanece a salvo en la embajada durante dos meses y medio, momento en que al fin consigue embarcar en un navío que recala en Marsella para continuar en tren hacia París donde le aguardan su mujer y su hijo.

En París apenas se detiene una semana, pronto regresa a la España Nacional para ponerse al servicio de la causa de los fascistas. Consigue superar satisfactoriamente los interrogatorios a los que es sometido además de conseguir avales sobre su sincera adhesión a la doctrina de la nueva España; gracias a ello es reincorporado al servicio policial con destino a Valladolid. Nuevamente su vida profesional da un giro, es requerido por el Comité de Moneda Extranjera donde se le asigna una misión en Francia e Inglaterra relacionada con el oro del Banco de España que los republicanos han transportado en grandes cantidades al país vecino. Esta oportunidad le proporciona importantes réditos laborales para un futuro no muy lejano. Por que cuando finaliza la guerra es cuando realmente despega la carrera de Pedro Urraca. En 1939 es enviado a París como agente agregado a la embajada española, las buenas relaciones con José Félix de Lequerica, a la sazón embajador de España en el país vecino; y con Serrano Suñer al que acompaña en calidad de asesor cuando el cuñadísimo se entrevista con los nazis para negociar la inclusión de España en el conflicto mundial. Pedro Urraca está exultante, el camino hacia el medre personal que siempre ha soñado está expedito sus ansias de poder, reconocimiento y dinero pronto se van a ver colmadas.

El agente Urraca se mueve como pez en el agua en la Francia ocupada por el ejército nazi; hace nuevos amigos de la Gestapo con cuya colaboración se lanza a una implacable persecución de los republicanos exiliados. Propicia los registros de las sedes tanto de la Generalitat como del Gobierno Vasco así como de los diferentes partidos alineados con la República durante la guerra. Fruto de esta estrecha colaboración consigue detener el 27/07/1940 a Julian Zugazagoitia socialista que fuera ministro de Gobernación en el gabinete presidido por Juan Negrín; también al periodista andaluz Francisco Cruz Salido miembro del Partido Socialista o al lider sindical anarquista Joan Peiró.

Pero la presa que le reportó mayores laureles tanto laboral como personalmente fue la detención del presidente de la Generalitat LLuis Companys.

La detención tiene lugar el 13/08/1940. Companys y su esposa Carme Ballester se encuentran en La Baulé, localidad bretona donde dispone de una residencia de verano. El agente vallisoletano en compañía de cinco hombres más, cuatro de ellos visten uniforme alemán; quiebra el exilio del político catalán y se llevan al presidente catalán además de toda la documentación que encontraron y 70.000 francos. Después de ser interrogado en una prisión parisina el 26 de ese mes Félix Lequerica asigna a Urraca Rendueles el servicio de transporte del prisionero a Madrid. En España será juzgado y fusilado en el castillo de Montjuic el 15 de octubre de 1945.

Lluis Companys fotografiado en Hendaya por su captor (Foto: Archivo de Cataluña)

Lluis Companys fotografiado en Hendaya por su captor (Foto: Archivo de Cataluña)

No obstante de cobrarse tan importantes piezas nunca consiguió atrapar a Manuel Azaña o a Federica Montseny a pesar del empeño que puso de su parte para que cayeran en sus manos. A la par que perseguía a los contrarios al régimen de Franco con la inestimable colaboración de los nazis, Urraca fue tejiendo su propia leyenda negra y atesorando una gran fortuna que le permitirá vivir desahogadamente y llevar un tren de vida inalcanzable para un sueldo de policía de segunda clase como el suyo. El origen de esta fortuna es oscuro. Aprovechando las terribles circunstancias de la contienda mundial en lo que respecta a los judíos el policía español se valió de su posición y contactos para ofrecer a los que llegaban a Francia huyendo de la persecución nazi papeles y salvoconductos que les permitieran arribar a España. Una vez conseguía ganarse la confianza de los huidos, los engañaba e incluso extorsionaba para quedarse con sus posesiones y dinero las cuales había prometido les haría llegar mediante valija diplomática.

Toda esta actividad tendrá sus consecuencias finalizada la II Guerra Mundial. Las autoridades galas dictarán sobre él una orden de busca y captura; y en 1948 pesará sobre su cabeza una condena a muerte que nunca se vio cumplida, de hecho será anulada en 1974. Mientras tanto se le asigna un nuevo puesto en el consulado español de Bruselas donde transcurridos unos años verá el ocaso de su fulgurante carrera al amparo de la sombra del franquismo y de sus colaboradores alemanes.

Pedro Urraca Rendueles fallece en Madrid en septiembre de 1989 arruinado y tocado en su orgullo. Ocho años antes es acusado por el cónsul general de Amberes, José María Alonso Gamo, de ser el responsable del robo de 390.000 francos belgas de las arcas del consulado; punto del que apenas puede mostrar pruebas exculpatorias e intenta llegar a un acuerdo con dicho cónsul para que el asunto no trascienda y puedan solucionarlo en petit comité. La argucia no da resultado y los últimos años de su vida los pasará en Madrid con el sueldo embargado y olvidado por todos, enfermo y en la más absoluta ruina.

Sergio Balchada

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