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Maroño es un pequeño pueblo de apenas 40 habitantes situado al norte de la provincia de Álava en el popular valle de Ayala/Aiara. Dicho valle conforma una extensa comarca con ayuntamiento propio (sito en la cercana población de Respaldiza/Arrespalditza) cuajada de diminutas poblaciones dedicadas fundamentalmente a la ganadería ovina y bovina.

Maroño posee también unos excelentes paisajes naturales presididos por la sierra Sálbada/Gorobel que se levanta cual farallón inexpugnable, sin duda una visión asombrosa por lo hermoso de su estampa que quita el hipo. Un lugar tranquilo por el que pasear y charlar con algún paisano y tomarse un refrigerio en el Guzurtegi el único bar/asador en la redonda.

Vista de Maroño y el actual pantano desde la sierra Salbada/Gorobel

Vista de Maroño y el actual pantano desde la sierra Salbada/Gorobel

A pesar de la paz reinante en el pueblo y su contorna pocos saben que hace ya unos cuantos años el ambiente que se respiraba era bien distinto; la guerra civil convirtió en un abrir y cerrar de ojos a aquellos idílicos caseríos en primera línea de frente. Y no es para menos puesto que las alturas de la sierra fueron ocupadas por los sublevados al poco del comienzo de la contienda controlando cada uno de los pasos que desde los valles conducían a las alturas pétreas. También temprano arribaron a la comarca y a Maroño milicianos vizcaínos provenientes de Barakaldo y las zonas mineras de Muskiz, Ortuella, Trapagaran,… En su mayoría comunistas y socialistas que llegaban en camiones o automóviles anunciando que los militares se habían sublevado; aunque también en busca de derechistas y demás enemigos de clase que pudiesen constituir (o no) un peligro para la causa republicana. Tales fueron los casos del párroco de Maroño Andrés Aguirre Respaldiza y del presbítero Victor Alegría Uriarte; después de ser detenidos fueron encerrados en el barco-prisión Cabo Quilates donde encontraron la muerte el 2/10/36 cuando la prisión flotante fue abordada por marineros del Jaime I.[1]

Con el enemigo subido a la inexpugnable sierra Salbada; al menos el 25 de julio grupos de requetés ya controlaban los pasos de acceso a la sierra[2]; el pueblo fue ocupado por los milicianos que enseguida trastocaron con su mera presencia la tranquila vida de los baserritarras de Maroño. La iglesia de San Pedro del siglo XVII pasó a reconvertirse en cuartel y comedor de milicias, mientras que la ermita anexa dedicada a San Antonio Abad fue utilizada como cocina[3] ambas en el barrio de La Plazuela. Tal vez para suavizar las relaciones con la población local, o porque los paisanos apenas tenían que llevarse a la boca; las milicias convidaban a comer todos los días a los niños del pueblo. Incluso uno de los milicianos se encaprichó con una niña “muy guapa, rubia de una inclusa que pasaba el verano en nuestra casa[4]. El miliciano llegó a hablar con la familia que la acogía con la intención de acogerla como su hija y proporcionarle un hogar y una familia porque en su matrimonio no se había engendrado criatura alguna.

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Iglesia de San Pedro que fue cuartel de milicias

Además de ocupar los templos, las milicias hicieron lo propio en un caserío del barrio de Ulizar allí permanentemente estaba establecido un retén de 3 milicianos al cargo de un teléfono que conectaba directamente con la ermita de Etxaurren sita en el anejo concejo de Menoio.[5] Allí se situaba, dada su excelente ubicación para dicho menester, el puesto de mando y observación del sector; todavía hoy se puede apreciar el trazado de las trincheras excavadas a unos 200-300 metros por delante de la ermita y que miran hacia la sierra. Amalia Etxaurren se encontró por casualidad con algunos milicianos que guarnecían la ermita, ella era una niña y cuidaba en un prado de las inmediaciones un par de vacas; a ella se aproximaron algunos milicianos e incautaron una de las vacas a pesar de los ruegos y lloros de la niña. Rápidamente bajó al caserío sito en el maroñotarra barrio de La Plazuela y dio parte a su madre de lo que había acontecido; ambas regresaron a la ermita y la madre habló con los milicianos rogando que les devolviesen el animal puesto que tenía varios hijos y muy poco con que alimentarlos:

Entonces el jefe de ellos, un hombre muy alto y moreno al que llamaban El Abisinio se apiadó de mi madre y ordenó que le devolviesen la vaca.[6]

Ambas mujeres, ante la buena disposición del cabecilla, quisieron ir un poco más en sus peticiones y una jovencísima Amalia se atrevió a pedirle:

Como mi apellido es Etxaurren y ellos ocupaban esta ermita le pedí por favor que respetasen la talla de la virgen de la que soy muy devota. Este hombre me prometió que la respetarían.

Ermita de Etxaurren en Menoio

Ermita de Etxaurren en Menoio

Lamentablemente El Abisinio no pudo o no quiso mantener la promesa, entre los daños que se enumeran en la Causa General de Álava se menciona “una imagen, la primitiva del Santuario;…”[7]

El templo de San Pedro también sufrió destrozos tras el paso de las milicias que incluso llegaron a destruir gran parte del archivo parroquial.

Teresa Gardeazabal contaba con 6 años por aquel entonces, vivía junto a sus padres y hermanas en un caserío del barrio de Rotxaburu , muy cerca de él también había un pequeño retén de milicianos que controlaban un cruce de carreteras que conducía a las poblaciones o bien de Agiñiga, Madaria o Salmantón; desde las cuales diferentes trochas y veredas ascienden a la sierra.

La campana del templo de San Pedro fue utilizada por los milicianos para practicar con el fusil. En la imagen se aprecian dos orificios de bala.

La campana del templo de San Pedro fue utilizada por los milicianos para practicar con el fusil. En la imagen se aprecian dos orificios de bala.

Uno que parecía un jefe estaba mal de la tripa y hablaba con mi madre para que le vendiese un poco de leche de una vaca que teníamos. Mi madre se la cambiaba por algo de café, azúcar…y otras cosas para comer. También le decía que fuéramos los chiquillos a comer a la iglesia junto a los milicianos pero mi madre no se fiaba y no nos dejaba ir.[8]

Teresa se queda pensativa y luego de un rato añade:

Mi madre había veces que no nos dejaba salir de casa, (…) estábamos en la huerta y te tiraban tiros desde arriba, de la sierra, oías silbar las balas y mi madre nos mandaba ir corriendo para casa agachadas.

[1] AGC Salamanca

[2] Entrevista realizada a Ángel Durana el 28/12/2010. Y fuimos un día de Santiago (25/07/36) mi hermano que está en Belandia y yo a ver el “ganao” que teníamos allí en la sierra . Joder! Y nos empezaron a tirar tiros y tuvimos que volver atrás y dejar el ganao y todo, allí quedó el ganao.

 

[3] Testimonio de Amalia Etxaurren el 06/08/2011

[4] Ibidem.

[5] Información facilitada por José Mari Aguirre, alcalde del concejo de Maroño.

[6] Testimonio de Amalia Etxaurren el 06/08/2011

[7] Causa General de Álava Pieza 10, Lagajo 1337

[8] Sacado de diversas conversaciones con Teresa Gardeazabal Lázaro

Sergio Balchada

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