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La muerte es un hecho cotidiano. La vida terrenal es un mero trámite. Los habitantes de la Edad Media la consideran un mero tránsito que da paso a la vida junto a Dios, a la eternidad, a la Ciudad de Dios; de este modo pueden dejar atrás el lastre que supone el sufrimiento tanto físico como espiritual que han padecido. Eso si se comportó en todo momento según los preceptos de un buen cristiano, si no lo que espera es el fuego eterno del Infierno.

Ante la muerte la nobleza adopta una actitud que se podría definir como “precipitada”, queremos decir con esto, la angustia por la salvación del alma se hace si cabe más patente cuando la muerte se respira cercana; se ponen entonces en marcha los mecanismos necesarios, hasta el momento diligentemente apartados a un segundo plano, para apelar (Quizás sería propio definirlo como agradar) al Todopoderoso interceda en la salvación propia.

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Monasterio de Santo Domingo (Pontevedra)

 

A lo largo de la vida de un noble es característica en la mayoría de los casos el patrocinio de grandes mausoleos acordes con la grandeza de cada uno en la forma de monasterios, capillas o conventos: A dicho lugar irán a parar sus huesos y los de su linaje bajo el abnegado cuidado de los religiosos que en ellos moran. Resulta asimismo significativo sea voluntad del noble de turno rescindir las deudas contraídas a lo largo de una vida plagada de litigios y violencias; la abolición de derechos feudales y costumbres adquiridas por el señor en algunas de sus villas; la restitución a monasterios de bienes o rentas arrebatadas con violencia y la donación de cuantiosas cantidades de numerario a frailes y párrocos para obras pías y misas por el descanso del alma del finado:

Asimismo el conde restituyó ala iglesia de Haumont ciertos bosques que él había poseído injustamente durante algunos años (…). A la iglesia de brogne le asignó cien sueldos de dineros en rentas en Binche, a percibir anualmente en Navidad. (…). Por ellos la iglesia firmó pacto de caridad al conde de forma que mientras viviera se celebraría en el altar de la Virgen la misa de la gloriosa Virgen María y tras su muerte en ese mismo altar habría de celebrarse misa diaria de difuntos.

Para un mejor cumplimiento de los últimos deseos del señor finado, se confirmaba mediante escritura autógrafa, y con el sello señorial y eclesiástico; estas escrituras constituyen para las congregaciones religiosas un tesoro de valor incalculable porque de este modo pueden probar cuales son sus posesiones y que derechos ejercen sobre las mismas. Era bastante común que el noble ya viejo y enfermo tomara los hábitos o “Abrazase la Cruz” como si de un cruzado se tratara.

Sepulcro de Diego Álvarez de Soutomaior (Monasterio de Santo Domingo, Pontevedra)

Sepulcro de Diego Álvarez de Soutomaior (Monasterio de Santo Domingo, Pontevedra)

Cuando llegaba la hora ineludible, agonizante en el lecho de muerte todos sus consejeros feudales, mesnaderos, compañeros de armas y el primogénito varón se reúnen a su alrededor para escuchar y ejercer de testigos de las últimas disposiciones del señor; pues la muerte de un noble poderoso implica la reclamación de bienes por parte de familiares que no tenían jurisdicción sobre éstos.

A los caballeros de su mesnada recibían gracias a los servicios prestados y a la fidelidad demostrada un don o regalo: A todos ellos el conde Balduino V les honró con dones en caballos, armas, vestidos y regalos de plata y a muchos los enriqueció con mayores y costosos beneficios.

Llegada la falta hora con gran boato muchos nobles eran transportados en armazones transportados por criados por cada una de las poblaciones sobre las que había ejercido su dominio e incluso por las calles de aquellas ciudades en las cuales su aureola de poder hubiera brillado. Para el pueblo llano los funerales y entierros de tan magnas personas traían consigo con suerte alguna limosna en forma de moneda o de comida ofrecida por la familia del fallecido. Enseguida la incertidumbre anidaba en sus pechos ante la duda de cómo iba a ser el carácter del señor que sucedía al que los había abandonada de camino al más allá.

 

Nota.

Los textos en cursiva extraídos de: De Mons Gislebert. Crónica de los condes de Hainut. Ediciones Siruela, Madrid, 1987.

Sergio Balchada

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