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Sobre un altozano a orillas del río Cancelada se erige el castillo roquero de Doiras, también conocido como Torre da Ferrería, en Santa María de Vilarrello en Cervantes (Lugo).

Un rectángulo en mampostería de pizarra con muros que alcanzan el metro y medio de espesor y los ocho metros de altura coronado por dos torres; una de ellas circular y la del homenaje que se eleva sobre el suelo unos dieciséis metros. La fortaleza se construyó a principios del siglo XV y pertenecía al linaje de los Saavedra, el cual ostentaba el señorío de Cervantes. Se trata de una “casa” muy antigua que precisamente a principios del siglo XV, una rama se asienta en Cervantes, en la conocida como Casa de Vilarellos.

Cabe resaltar la leyenda de origen medieval que planea sobre este castillo y que se puede encontrar íntegra en la web Xosé Soto de Fión (http://www.sotodefion.org/espa/doiras.htm)

En el castillo de Doiras moraba un caballero de nombre Froiaz, con dos hijos: Egas y Aldara.

El hijo de otro señor de un castillo cercano se enamoró de Aldara. Su amor fue correspondido y, con el consentimiento de los padres, se anunció la boda.

Una tarde, Aldara desapareció del castillo. Padre y hermano, criados y escuderos, incluso su enamorado, acompañado de sus gentes, fueron en su busca por montes y bosques, por chozas y caseríos… después de algunos días de búsquedas infructuosas, consideraron definitiva la pérdida de Aldara, imaginándosela malherida por algún jabalí, algún oso o devorada por los lobos…

Un día Egas, estando de caza, divisó una hermosa cierva blanca. De un disparo único y certero terminó con la vida del animal, pero no se había percatado de que era imposible llevarla hasta el castillo por su peso excesivo (o, tal vez, porque la nieve dificultaba el transporte), así que le cortó la pata delantera a la cierva (para señalar que el animal le pertenecía, o para poder mostrar un trofeo que diese cuenta de su hazaña). Y cuando fue a mostrarle a su padre la pata de la cierva, contándole el éxito obtenido, atemorizados, vieron como lo que Egas sacó de la bolsa fue una mano; una mano fina, blanca, suave; una mano de doncella hidalga. Y en uno de los dedos de aquella mano relucía un hermoso anillo de oro con una piedra roja. Padre e hijo se acordaron de que aquel era el anillo de la malhadada Aldara.
Con ánimo dolorido corrieron hacia la cima del monte, hacia el lugar donde Egas había matado a la cierva. Allí encontraron, tendido en el suelo, el cadáver de Aldara, a quien le faltaba una mano.

 

 

Sergio Balchada

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