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El siglo XV en Galicia no fue precisamente tranquilo. A las dos revueltas irmandiñas que se sucedieron en la década de los 30 y de los 60 respectivamente; debemos añadir la violencia inherente a las tensiones feudales que desencadenarían a la postre en dichas revueltas. Tanto señores laicos como eclesiásticos compiten por el control de los recursos, títulos y mercedes que les permitan auparse a lo más granado del escalafón social.

La nobleza laica gallega del siglo XV es de pequeño cuño; se había aupado al poder a la sombra de la dinastía de los Trastámara que gobernaba el trono de Castilla desde que Enrique II “El de las mercedes” había acabado con la vida de su hermanastro Pedro I (el Cruel o el Justiciero, dependiendo a quien se preguntase) la noche del 25 de marzo de 1369 en los campos de Montiel. La pequeña nobleza gallega había jugado la baza enriqueña, ávida por disfrutar de la sonada largueza del de Trastámara. Finalmente la apuesta resultó ser la oportuna.

Además de “pequeña” era más bien pobre; en una tierra donde monasterios, conventos y cabildos catedralicios acaparaban gran parte de las rentas la supervivencia de estos linajes pasa obligatoriamente por el uso de la violencia y la coacción para mantener su status económico y social. Se tejen una suerte de alianzas, banderías que fortalezcan los intereses propios frente a quien los vulnera o simplemente obstaculiza la consecución de los mismos. Es este el caso del linaje de los Moscoso que aspira a la notoriedad en la Tierra de Santiago en directa confrontación con  los arzobispos compostelanos.

Queremos detenernos en un curioso episodio que nos cuenta Vasco de Aponte en su fundamental obra para el estudio de los linajes gallegos bajomedievales Recuento de las casas antiguas del Reino de Galicia protagonizado precisamente por un Moscoso, Ruy Sánchez, y que sucede en castro Angrois.

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Ruy Sánchez de Moscoso venía, bajo la sombra protectora de los condes de Trastámara, enfrentándose a los arzobispos y de este modo hacerse con el señorío de Altamira y la muy codiciada pertiguería de Santiago. Vasco de Aponte lo define como muy bravo y arriscado; era un señor feudal belicoso en continúa lid con el arzobispo compostelano, la casa de Mesía; la de Suevos y Montaos.

Por aquel entonces detentaba la mitra compostelana el sevillano Lope de Mendoza después de haber ejercido de obispo de Mondoñedo (Lugo). El de Mendoza en clara oposición al valido del rey Juan II, Don Álvaro de Luna, apoyaba a los Infantes de Aragón que se habían ocupado de la regencia del reino durante la minoría de edad del monarca. Don Álvaro de Luna, por su parte, contaba con una fuerte adhesión en Galicia, nada menos que el poderoso con de Lemos y Trastámara: Fadrique Enríquez de Castilla y Castro; al que muy probablemente rendía vasallaje Ruy Sánchez de Moscoso.

Pues bien, se encontraba el antedicho arzobispo en la ciudad apostólica junto a familiares y algunos caballeros adictos a su causa cuando pasó Ruy Sánchez por cabo la çerca con todos sus escuderos y asta setecientos peones sin pedir treguas haciendo gala de la bravura que lo definía. Advirtiendo tamaña osadía, quizás teñida también de cierta bravuconería; los caballeros del arzobispo entre los que se encontraban Ares Pardo, Pedro Bermúdez y Alonso de Mendoza reunieron hombres de armas y salieron tras él.

Ruy Sánchez huyó hacia el sur, tal vez hacia la torre de Cira ( en Sta. Eulalia de Cira en el actual concello de Silleda, Pontevedra) mas viendo que le pisaban los talones y debería presentar batalla, decide refugiarse en el castro de Angrois sito en un promontorio del mismo nombre, donde al menos dispondría de una ventajosa posición de cara a la confrontación.

Y es en ese instante, cuando Ruy Sánchez temía que los caballeros de Lope de Mendoza iban a atraparle; se le ocurre una argucia sorprendente que le permite ganar un tiempo valioso con el que disponer la defensa en la improvisada fortaleza: Y si no fuera porque se les encerró no castro de Angrois y mató dos bestias y las echó en la boca do castro por espantar los cavallos, o lo mataran o lo prendieran…

De este modo consiguió el de Moscoso evitar caer en manos de sus enemigos y parapetado tras los muros del antiguo castro, que debían permanecer sólidos y prácticamente en pie por aquel entonces combatió a los hombres del arzobispo.

Fue una lucha intensa en la que, según Vasco de Aponte, el señor de Altamira perdió muchos hombres y con una saeta le quebraron un ojo en la cabeça; un recuerdo de por vida de aquella jornada.

La suerte en el combate no se decantaba por ninguno de los bandos contendientes e irremediablemente fue cayendo la noche. Agotados y con sensibles bajas por ambas partes se retiran para lamerse las heridas y recuperar las fuerzas para continuar a la mañana siguiente. Ruy Sánchez no permaneció ocioso, amparado por la oscuridad fugió por donde el castro era más áspero. Se les escurrió entre los dedos y el arzobispo pierde la oportunidad de prender o acabar con la vida de uno de su mayores enemigos.

A Ruy Sánchez de Moscoso se le conocerá desde entonces con el sobrenombre de El Tuerto.

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