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El linaje se sustenta en un solar de origen, en un blasón que lo representa; incluye tanto a la gente viva como a la fallecida de la familia y se arremolina en torno a un jefe. Un auténtico líder que procura la consecución de la mayor cantidad de gloria para el apellido ejerciendo las funciones de un cabeza de familia..

La pertenencia a un determinado linaje no es una cuestión biológica; alrededor  del denominado líder se extiende toda una red de clientelismo (domésticos, merinos, hombres de armas,…) junto a sus consanguíneos. Tiene una clara función aglutinadora. El jefe se ve en la obligación de tomar todas aquellas decisiones que afectan a su entorno y a salvaguardar el patrimonio inmaterial que pertenece al apellido.

Se aspira por lo tanto a obtener una solidez patrimonial antes inexistente debido al principio agnaticio en uso por el cual el patrimonio se veía desmembrado al repartirse entre los hijos del finado. El mayorazgo se erige entonces  como la solución (principio cognaticio) más satisfactoria. Éste se constituye por la masa de bienes inseparables que recibe íntegramente el primogénito varón habido en el matrimonio; mas se exige al primogénito que “se case con jente fidalga e limpia de toda agaficidad e mala raza[1]

Castillo de Monterrei (Verín, Ourense)

Castillo de Monterrei (Verín, Ourense)

El mayorazgo proporciona estabilidad a aquellos caballeros pertenecientes a los pequeños linajes cuyas economías no son fuertes pero si poseen la suficiente avidez de perdurar en el devenir de la historia y en la memoria de la hidalguía gallega: Señaladamente para que aviendo memoria de las casas pasadas e consideración de las presentes, en las venideras derechamente podamos proveer.[2]

Esta trascendencia  se pone de relieve cuando Vasco de Ulloa deja por escrito  en 1290 en su testamento: Con condiçon que ditos beens sempre anden juntos heredados encorporados nuna soa persoa (…)…a persoa que teña sempre por máis adiantado o meu linaje de Ulloa e o traiga no seu escudo darmas con roda e o pendón da señora Santa Catalina.[3]

En el caso de la inexistencia de hijos legítimos no resulta para nada extraño que la sucesión recaiga en los ilegítimos: E morrendo a dita Isabel sin semeda e menor de ydade e hos ditos Lopo e Gonzalo como ditto he, que todos estos dittos bees terras e señoríos que se tornen a Rodrigo meu fillo que hey de María Fernandez, filla de Pedro Fernández de Soñar.[4]

El término “casa” es sinónimo de familia o linaje. Es su significación simbólica; el germen; el solar que los identifica en la sociedad feudal y que acompaña al apellido. La conciencia genealógica que despierta en la nobleza gallega  de la Baja Edad Media bucea hasta este punto primigenio en la búsqueda de su primer valedor; arañando las gestas, la gloria que se le supone y que dignifica el apellido. Gana pues impulso en estos siglos el pasado siguiendo una línea recta hasta el fundador del linaje al que se le atribuirán hechos en muchos casos irreales y fantasiosos. En palabras de Duby: Estas representaciones traducen una cierta conciencia de cohesión familiar; además (…) fijaron esta conciencia y la impusieron firmemente a los miembros del grupo, guiando en cierta medida su conducta durante las generaciones posteriores.[5]

Nuevos modelos de comportamiento, nuevas reglas de conducta social y formas de relacionarse con el mundo de los antepasados. Todo esto imbuido de una fuerte impronta militar-caballeresca. Las futuras generaciones se verán en la tesitura de embarcarse en prodigiosos esfuerzos destinados al acrecentamiento de bienes y de gloria para la familia.

El solar  primigenio (en muchas ocasiones identificado con una torre o fortaleza) no puede ser enajenado debiendo permaneces inalterado ya que es el soporte de la función aristocrática; manifestación de  su poder tangible y concreta, y la expresión de su misma existencia.

El jabalí del blasón de los Andrade

El jabalí del blasón de los Andrade

No obstante el jefe de la familia tiene una serie de obligaciones para los suyos inherentes a su posición. En primer lugar debe brindarles protección, garantizar su sustento y el rango de sus hermanos; también se responsabiliza de cuidar que las mujeres de la familia consigan un marido adecuado a su status social y que reciban una jugosa dote que garantice sean desposadas. A cambio se les exige lealtad y obediencia.

La nobleza gallega no destaca precisamente por la abundancia de riquezas, posee escasas tierras y bienes; y esto les lleva a un progresivo acercamiento entre ellos y no sólo por la vía matrimonial. Se trata de una especie de solidaridad de grupo que cierra filas para proteger las precarias fuentes económicas de las que disponen. De este modo no resulta descabellado el acuerdo entre varios fidalgos de un mismo linaje que libremente deciden ponerse al servicio del hermano mayor para reforzar el solar.

Contemporáneo al reforzamiento de esta idea es así mismo la generalización entre la nobleza de la asunción de los ideales de la caballería; aunque luego trasladados éstos a la vida cotidiana brillen por su ausencia.

Un caballero es aquel guerrero que combate a lomos de un caballo. Con el transcurso de los siglos este milites, que no tiene porque salir de entre las filas de la nobleza, ira poco a poco asimilándose a ella y conseguir ser un miembro de ipso de la misma. La nobleza tradicional comenzará a verlos como advenedizos carentes de cualquier atributo o pasado que le permita ser uno de ellos.

Se opta entonces por la solución de cerrar todas estas las vías de acceso elaborando una serie de códigos y ceremonias propias que permitan acceder al status de caballero y por lo tanto de nobleza. Una ética y una moral que van arraigando en los jóvenes fidalgos gallegos que pronto comienzan a preocuparse por el culto al honor personal y al prestigio de la “Casa” y del linaje: La juventud aparece (…) como el tiempo de la impaciencia, de la turbulencia y de la inestabilidad.[6] Y es la acción guerrera el camino idóneo para alcanzar el reconocimiento deseado. Serán ellos los responsables de la agresividad del mundo feudal gallego  de finales del medievo, sobretodo los “segundones”, sin ninguna expectativa de futuro se ven en la obligación de lanzarse a la aventura para labrarse un porvenir. De ahí que, como bien observa Duby para la Francia del siglo XII pero extensible para la Galicia de los siglos XIV y XV, el caballero deja de ser considerado joven por sus coetáneos cuando se establece, es decir; cuando alcanza a poseer un solar propio y encabeza su linaje casándose y criando a sus hijos. Incluso el nombre propio se convierte en un patrimonio más de la familia heredándolo el primogénito varón de su abuelo paterno. Un distintivo mas que pretende reencarnar o repetir la valía del primero de su sangre. Por su parte la mujer aporta y transmite la nobleza de la sangre y consecuentemente también el prestigio de los caballeros de su linaje que pronto se incorporan al del esposo e hijos.

La nobleza gallega apela a un pasado caballeresco idealizado; realmente no hacen mas que redefinir a una caballería de segunda fila que recrea una imagen muy alejada de la realidad.[7]


[1] Aponte, Vasco de, Recuento de las Casas Antiguas del Reino de Galicia, Int. E Edi. Crítica con notas, Santiago de Compostela, 1986.

[2] Idem.

[3] Idem.

[4] Pallares Mendez, M. Carmén: Portela Silva, E. Algunos problemas relativos a la evolución de las estructuras familiares en la nobleza medieval gallega, en Parentesco, familia y matrimonio en la historia de Galicia, santiago de Compostela, 1988.

[5] Duby, George: Hombres y estructuras de la Edad Media, Madrid, 1977.

[6] Duby, George: Hombres y estructuras de la Edad Media, Madrid, 1977.

[7] Paredes Mirás, M. Del Pilar, Mentalidade nobiliaria e nobreza galega. Ideal e realidade na Baixa Idade Media, A Coruña, 2002.

Sergio Balchada

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